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Por
mayo del mismo año 1987, después de significativos
hallazgos periféricos en la plataforma superior, las cuidadosas
prospecciones arqueológicas localizaron un repositorio de
ofrendas con más de 1,300 vasijas y luego en el mes de junio,
se comenzaba a excavar el relleno de tierra que cubría una
gran fosa cuadrangular abierta por los antiguos Mochicas en la plataforma
de adobe para una magnífica sepultura, cuya existencia los
arqueólogos presentían. |
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Tres
metros abajo del borde de la Tumba, las cuidadosas excavaciones
científicas localizaron el esqueleto de un hombre joven con
un escudo en el antebrazo izquierdo y los pies amputados. Era una
especie de soldado guardián puesto para custodiar la tumba
y el indicio definitivo de lo que sería el más importante
descubrimiento de la arqueología peruana de las últimas
décadas.Cincuenta
centímetros más abajo se encontraron las huellas desintegradas
de 16 vigas de algarrobo que formaban el techo de la cámara
funeraria. |
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Ligeramente
debajo y al centro, surgían entre la tierra, cintas de metal
que originalmente habían sujetado la madera de un ataúd
Al descubrir la forma de un ataúd, los arqueólogos
entendieron que estaban excavando el primer entierro de estas características
de toda América. Penetrar dentro de esta caja significó
un verdadero trabajo de cirugía, pues el contenido se encontraba
en capas comprimidas por la masa del relleno y su desplome cubrió
la cámara funeraria. Súbitamente, entre los sedimentos
apareció el perfecto y enérgico rostro en miniatura
de una escultura de oro que parecía mirar también
a los absortos arqueólogos que la develaban después
de 1,700 años. En el relato de la excavación, Walter
Alva, dejando a un lado la frialdad científica, recuerda
que esta visión “fue el momento de un instante eterno
que jamás olvidaremos”. |
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Alrededor
del fardo funerario, originalmente envuelto en mantos de algodón,
se encontraban muchas conchas
de Spondylus traídas desde aguas ecuatorianas y muy apreciadas
en los ritos del antiguo Perú. Progresivamente se fueron
develando estandartes cuadrados con figuras humanas de cobre laminado,
representando un personaje con los brazos y puños en alto
que volvió a aparecer al centro de un hermoso relieve dorado
sobre una lámina en forma de “V” a manera de
brazos extendidos con las palmas abiertas. Cubriendo
los huesos de la cara estaban un par de ojos de oro, una nariz y
un protector del mismo metal que debió cubrir la parte inferior
del rostro. Dos livianas narigueras de oro se encontraban cerca
del rostro. El cráneo reposaba sobre un plato del mismo metal.
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Miles
de pequeñas cuentas cilíndricas de concha blanca,
roja y anaranjada formaron un total de 10 pectorales, dispuestos
sucesivamente sobre el pecho, las piernas o debajo del esqueleto.
Varios tocados desintegrados forman una especie de abanicos de plumas
con mangos de cobre. Cientos de cuentas turquesas, de apenas 2 mm.,
integraban los elegantes brazaletes del Señor. Sobre el pecho
fueron apareciendo dos filas con un total de 20 frutos metálicos
de maní, 10 del costado derecho eran de oro y la otra mitad
de plata. Este primer indicio de una simbólica dualidad o
biparticipación resultó una importante constante entre
los objetos rituales del entierro; así, un lingote de oro
reposaba sobre la mano derecha y otro similar de plata en la mano
izquierda. La derecha sujetaba también el más importante
símbolo de su poder y jerarquía terrena: una especie
de cetro y cuchillo coronado por una vistosa pirámide invertida
de oro, con relieves representando un jefe guerrero ricamente ataviado,
imponiéndose militarmente sobre un prisionero. |
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En
la mano izquierda había también un cuchillo de plata
con la misma representación en escultura miniaturista. A
la altura del cuello se encontraba también un collar de 72
esferas de oro en degradé y sobre el pecho un cuchillo del
mismo metal hacia la derecha y otro de plata hacia la izquierda.
Representaban la dualidad y el equilibrio que volvían a estar
presentes simbolizando el naciente y poniente, el día y la
noche, lo puro y lo impuro, la vida y la muerte, el Sol y la Luna,
lo positivo y lo negativo y todo lo que siendo opuesto, resulta
complementario. Notablemente el Señor yacía también
con esta sugerente orientación, como si el eje de su cuerpo
equilibrara las fuerzas representadas. Los pies estuvieron originalmente
calzados por sandalias de plata. |
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Los
huesos del Señor se encontraban casi desintegrados en astillas
y fue una difícil tarea recuperarlos, mediante cuidadosas
y dosificadas capas de resina acrílica que los endurecieron,
permitiendo retirar la osamenta completa, como si fuera un fósil
petrificado. Las miles de cuentas de los pectorales se adhirieron
también en papeletas de algodón con resina
Debajo del cuerpo surgió en todo su esplendor la gran diadema
semilunar de oro: una hoja de 62 cms. de ancho y 42 cms. de altura
que sólo aparecía en la iconografía Mochica,
relacionada a los personajes de la más alta investidura que
acaparan honores y ofrendas. Debajo de una desintegrada tarima de
madera, fueron depositadas dos sonajeras semicirculares de oro,
finamente repujados con la representación de una de las más
importantes deidades de los Moche: el Ai-Apaec o “Decapitador”,
portando en sus manos un cuchillo y una cabeza humana. |
| Apenas unos centímetros al norte estaba un impresionante protector
coxal de oro de 45 cms. de altura. Este objeto en forma de hacha,
remataba también con la figura de la misma deidad. Otro protector
igual de plata se encontraba también cerca y muchos adornos
más en cobre, cobre dorado y plumas fueron finalmente retirados
debajo del esqueleto del Señor. |
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Excavando
alrededor de los cuatro costados del ataúd vacío,
volvía la ordenada disposición simbólica: a
la cabeza y a los pies del sarcófago, descubrimos los restos
de dos mujeres jóvenes que aún no habían cumplido
20 años al morir; probablemente fueron las esposas o favoritas
de su Señor. Una de ellas llevaba una corona de cobre y apuntaba
con su cabeza al oeste y la otra estaba en posición totalmente
opuesta. Cabeza con cabeza a estas mujeres, y flanqueando al Señor,
se encontraban los esqueletos de dos hombres que miraban hacia arriba.
Un escudo, tocados de cobre y mazo de guerra señalaban a
uno de ellos como un jefe militar. El personaje de la izquierda
estaba en posición invertida, con un pectoral de conchas,
colgajos metálicos y junto a sus piernas un esqueleto de
perro. ¿Acaso el valioso sabueso del señor en sus
cacerías rituales? Una tercera mujer subyacía a la
primera de la cabecera y un niño de 10 años se encontró
sentado en la esquina sur. Es decir ocho osamentas de sirvientes,
concubinas y guerreros, rodeaban el ataúd de madera conteniendo
los restos del principal ocupante de la tumba envuelto con sus atuendos,
ornamentas, tocados y emblemas de oro, cobre dorado y piedras semipreciosas,
que son un verdadero compendio de exquisito arte y técnica
metalúrgica. |
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